viernes, 15 de febrero de 2013

¿Me quieres solo por mi cuerpo?

Meses después de comenzar mis arduos entrenamientos para los 21K y habiendo bajado unas libras en lugares estratégicos de mi tropical figura, he tenido que enfrentar problemas hasta entonces inéditos en mi vida. El más importante quizá, es que con esta nueva presentación, por primera vez tengo que preguntarme si la gente me quiere por lo que soy o tan solo por mi cuerpo. 
Y es que he tenido conversaciones puntuales que en los últimos meses han incluido los siguientes hashtags: 
#toritohazmelamor
#Toroerescomuelacero
#Quierociberorinartumuro; y el más preocupante de todos: 
#YabalólacabraYezabel (Me preocupa por su evidente guiño zoofílico). 
El segundo problema se refiere a la serie consecutiva de atletas caídos y/o exitosos. Toda esta gente que sobresalió por hacer un deporte profesionalmente y que a la larga no era feliz. 
¿Realmente te hace mejor persona el ejercicio?
¿Terminaré siendo gobernador de California?
Eso. Creo que al final mi principal temor es que después de correr tres maratones, termine volviéndome republicano. 
Zeus me libre. Mientras tanto, les dejo los hashtags para que los usen a discresión y  me preparo para los 10k de la Ciudad. Estaré informando. Disfruten su comida.  

jueves, 20 de diciembre de 2012

La navidad me pone cerdiloco



Ahora que todos florecemos en el esplendor del aguinaldo, celebrando en un bacanal sin fin, a uno no le queda más que sumergirse en la corriente esperando que no lo tropiece demasiado contra las rocas. Pero no hay demasiada suerte. 
Diciembre es un campo minado para un atleta diletante. Todo ese esfuerzo, esa libra de menos, esa bocanada de aire que ahora se administra mejor, se van perdiendo entre cervezas, asados, tamales y chocolatitos en forma de enanos y casitas que se desmoronan en la boca. Qué alegre. 
Adiós a los logros. Hasta corría por las calles, cruzando el barranco del condominio, fingiéndome un Rocky Balboa en el ascenso en la pronunciada cuesta, mientras el sol inundaba mi cara redonda, aún cachetona,  pero salvaje, atlética y bastante varonil, mientras el sol me estallaba en la cara.
Qué va, ahora a empezar un tanto de cero. Y cómo no, si todos parecen haber sido infectados por ese virus que les obliga a juntarse para acabar con la comida y las cerveza del mundo, mientras uno es arrastrado por el compromiso social. 
En fin. Uno de esos pocos días en los que me he acercado al gimnasio me abordó ese tipo amable que me habla de su mujer, sus hijos y  de su amante cuando deja a los hijos, para decirme que el ejercicio es como un monstruo que nunca está satisfecho. Si ahora haces diez lagartijas, mañana el cuerpo te pedirá veinte, treinta, cincuenta, cien, dijo, y así nunca será suficiente. 
No tengo ninguna intención de alimentar ese monstruo. Quizá sólo le garantice ciertas y discretas alegrías. Lo que sí debo reconocer es que me hace falta la explosión de adrenalina de dos horas de ejercicio. Me hace falta sentir que soy parte del ejército de Leónidas, hombres violentos en taparrabos, que decididos no permitirán que los invada la grasa.
Qué va. Por ahora la vida va de reunión en reunión, esperando a llegar a casa y dormir una o dos horas cuando hay suerte.
El otro día en un arrebato desesperado y bastante compulsivo fui al supermercado por Omega 3 y regresé con un bote enorme de Nutella. No había reparado en ello, hasta el día siguiente, cuando amanecí y lo encontré en la cocina. Es como si otro yo, malévolo, lo hubiera llevado a casa. No me quejo demasiado, pues también amaneció una botella de buen vino y media bola de queso holandés que me hace suspirar.
Lo que sí me preocupa es haberme sorprendido una noche, mientras dejaba caer una cucharada de nutella sobre el plato de cereal. Es el signo inequívoco de mi decadencia. Que Odín me ayude.
Ahora que me pongo metafísico es hora de recapitular. Enero viene a la vuelta de la semana y me alegra. Es como un umbral mágico, el cual atravesándolo, permite que instantáneamente seamos una versión mejorada de nosotros.
Esta vez no quiero que pase eso: yo no quiero ser otro, quiero ser yo, antes de diciembre, y salvar de una buena vez esta mina de azúcar, alcohol y ositos de goma. ¿Por favor?

jueves, 27 de septiembre de 2012

Anoche soñé con un pastelillo. Poema épico sobre la paradoja.

Anoche soñé con un pastelillo
era grande y olía rico
quizá también era suavecito
me decía:
¡No corras! ¡No corras!
¡No hagas ejercicio!

Yo lo escuchaba
su voz era como dulce mermelada
untada sobre un pan tostado con mantequilla

Corría alejándome de él
aquí la paradoja
el pastelillo quería que no hiciera ejercicio
pero yo corría para huir de él
el pastelillo quería que lo comiera
y yo quería darle una mordida
pero no podía

El pastelillo me perseguía
pero Jack Lalanne
apareció en la mitad del sueño
era un rayo
un trueno
un huracán musculoso como el de la botella de jabón



Me ofreció un licuado
que hizo en su máquina de jugos
me dijo muchacho resiste
o te volverás un puerquito
a la gente no le gusta los puerquitos
sólo les gusta el tocino
¿Acaso quieres ser el tocino de mis huevos?

Jack Lalanne era un pesado, un alburero
pero el licuado estaba bueno
sabía a frutas
y las frutas son buenas
pero no los pastelillos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sinatra y las señoras fodongas.


Estoy en la balanza del gimnasio esperando a que nadie vea el gesto de alegría que tengo. Bajé cuatro libras en tres semanas. O sea, casi el peso de un recién nacido. Casi.
Más que poder amarrarme los zapatos con menos dificultad que antes, lo que más me gusta de sudar como luchador de sumo en sauna, es la lucidez que provoca. 
Justo cuando llevo circa una hora y diez minutos de ejercicio puro y duro, algo sucede: la claridad sobreviene y no se va. Estoy oxigenado, alerta, no eufórico, en calma. 
En esa claridad he podido avizorar cosas en mi vida que entregaré al despojo. Mucha cáscara y poca fruta. Queremos más fruta. Eso. Morder y que sea jugosa. 
La cosa en el gimnasio no es todo gente endorfínica, les diré. He encontrado que hay al menos cuatro grupos principales de colegas, a saber: 
a. Las señoras fodongas. Comienzo con ellas porque son capaces de despertar mi ira a las 5.05am, lo cual es un logro. Ahí están con sus trajes ajustados hablándoles como reinas al hombre de la limpieza. Le gritan abusivamente. No hacen ejercicio, simulan hacerlo. Hay una en especial, baja, gorda, como todos nosotros, que baila en la bicicleta meneando ese inmenso trasero en tights negros y su cara de chismosa y rissoto a la crema. 
b. Los treintones amigos de las señoras fodongas.  Mamones. Gustan del chistorete. 
c. Las señoritas gimnasio de colonia. Zeus las bendiga, no llegan a hacer casi nada salvo desconcentrarnos, pobres homínidos que somos.
d. Mi grupo. O sea yo, sólo. Que sufro en silencio alejado del mainstream atlético, dicen los muchachos. 
Nunca he sido bueno para encajar. Lo bueno es que ya no me esfuerzo nada por hacerlo. El asunto es que me siento bien. 
No lo puedo creer. Quién diría que el ejemplo de ocio y desidia que era, terminaría diciendo que el ejercicio le está sentando bien. Pero ¿qué sería de mí sin esa capacidad de mutar y cambiar de vida como si viviera muchas en una?
Ay caray, you make me feel so young, dijo Sinatra. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Afirmando el culo con música infernal

Al parecer de eso se trata esto de ejercitarse en un gimnasio. Montarse en una bicicleta estacionaria y sudar como en temascal salvaje. El otro día hacía eso: mover el culo al vaivén del pedaleo demente, el instructor chiflaba y decía uno, posición tres, yo que sé qué decía, tenía la música a todo volumen, con un Queen mezclado con reguetón, así que tenía qué adivinar.
Jamás en la vida pensé escuchar algo así, sin salir a quemar las bocinas con kerosene.
Aguanté toda la clase, luego corrí en una banda. Luego hice pesas. Halterofilia, para  legos. Es decir, queridxs amigxs, esa fue mi maratón. Dos horas de puro ejercicio que llevaron mi alma a un estadio endorfínico de lo más lindo. Me volví adicto. Me siento joven. Esto me recuerda a las drogas duras. Lo siento mamá, el ejercicio me recuerda a una vida yonqui, mira tú qué bien.

miércoles, 29 de agosto de 2012

No more salchichas for me, Papi.

Durante mi vida he subido y bajado de peso muchas más veces de las que bajan y suben sus interiores un par de desnudistas en Las Vegas. Ahora estoy arriba, redondo pues. Para ilustrar circunstancialmente, diré que el domingo pasado, estaba sentado en un restaurante comiendo una torre de panqueques con crema batida, frutas en almíbar y miel de maple, mientras mi hermana pasaba en la avenida de enfrente, corriendo una carrera de 21.9  kilómetros. Basta. Tengo treinta y tres años, vivo sólo y de vez en cuando me aburro un poco. Quizá ponerme un reto que ahora parece imposible sea lo que me divierta. Como correr esos 21 kilómetros el año que viene. Sin terminar en el hospital. Sin escupir el corazón. Sin ser el último, como ese hombre de 66 años al que todos aplaudían como si fuera el primero.
Voy a correr esa maratón en nombre de todos los holgazanes del mundo, para demostrarles a los otros, que nuestra pereza es nuestra opción y no una imposición.
Amén.