martes, 27 de agosto de 2013

¡En tu cara, vida ociosa!


Enrique, mi buen amigo, tomó esta foto en el km. 6. (aprox) Todo era risas y felicidad. Tiempo total: 2.42.56 Me morí en el último trayecto. Ahora por la Max Tott. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Say no more


El domingo pasaré de ser un atleta gordito a ser solo un atleta.
21.9kms de dolor que vendrán a este cuerpo vicioso, que recibiré con alegría. 
Pienso en la pelea de Alí cuando recibe el castigo durante el 90% de la misma, aguantando el dolor, aguantando, con la gana de cansar al oponente y reventarlo 
Cuando Alí corría en Zaire, antes de la pelea contra Foreman, la gente le gritaba Alí bomaye! que es una manera de decir mátalo, Alí. 
Creo que Alí sabía que si no acababa con Foreman, la gente acabaría con él. 
Me voy a imaginar que soy Alí, sin parkinson, y que el dolor es Foreman fajándome. Podré con él. Aguantaré. 
Cuando pase por el Obelisco de vuelta hacia la Reforma, me soltaré con todo. 
Será como si me cabalgara Abbadón el Exterminador. Tendré dolor pero el dolor me motivará a buscar más. El dolor es mi gasolina, dijo mi prima la sado. 
Ya verán, cuando pase frente a la Patsy, donde el año pasado me comía una torre de panqueques con crema batida, guiñaré el ojo. 
Un año lejos de ese vicioso fui. 
Al llegar a la meta me sacaré la camisa, verán mi pinta EL ROCK ES CIUDAD, ARZÚ ES UN ALLIEN Y SI LO MIRAS TRES SEGUNDOS DESPERTARÁS CON EL UNIFORME DE EMETRA DIRIGIENDO EL TRÁFICO EN EL TRÉBOL  y si tengo suerte Patty de Arzú me recibirá en sus brazos para recitarme un salmo en el oído antes de desfallecer, ponerme la medalla, ir por un masaje, aullar con la Loba de la muni, buscar el auto, besar un recién nacido y guardar mi ropa sudada como bandera de victoria. 
Porque puedo atravesar el fuego y salir ileso.
Ajoy!

lunes, 15 de julio de 2013

No me rendiré en el nombre de todos los gorditos.

San Rocky Balboa me protege.
Un baldazo de agua fría, a dos pasos de estar congelada, cayéndote mientras estás en bolas parado sobre la nieve en algún lugar perdido de Canadá. Así describiría mi experiencia en las primeras dos carreras de 10k en las que me inscribí, si fuera el caso que algún noticiero deportivo, mejor si radial, me entrevistara. Luego miraría al cielo y diría "sigo preparándome, el trabajo no para, esto es hasta no ver la final de los 21k y tener mi medalla en nombre de todos aquellos ociosos que alguna vez soñaron con lograr un mérito deportivo desde su sofá". 
La primera carrera, la nocturna de Guatemala, pasó lo siguiente, queridos amigos: estaba yo inscrito, mi nombre en el mural de los participantes en la exposición de la carrera, mi camisa talla XXL, todo lo tenía, mi número, mi  vaselina para que no roce, todo pues, y zas que tengo que irme a Xela a presentar un libro de poesía de mi hermano. 
Corrían todos aquellos atletas valientes, mientras yo daba un discurso sobre la migración, agradeciendo que para estos menesteres no se haga el antidoping porque válgame Zeus qué podría pasar. 
La segunda carrera a la que me inscribí, fue la del Ministerio Público. Invitado había sido a una fiesta bacanal la noche anterior al evento, podrán imaginar la tentación que fue puesta ante mí por el mismo pastelillo que en sueños me dice que no corra, que no haga ejercicio y he aquí que con la fuerza de un titán, el niñito Jesús estaría contento de verme, dije no, no voy a la fiesta, mejor me hidrato y me preparo para la carrera, yo domingo me levanto temprano, sea como sea. 
Cinco de la mañana, imagínense amigos, cinco de la mañana de un domingo que llovía como si el diluvio estuviera ocurriendo y el arca estuviera lejos, a medias, hecha de fibra de vidrio, ya no de madera. A esa hora me levanté, aún oscuro, me estiraba como si quisiera volver mi cuerpo un moño en el cuello de un gato muy gordo. 
Seis de la mañana, aquella emoción, amigos todos, atletas bárbaros, feroces que me leen, ociosos que se ríen de mis periplos, seis de la mañana y yo iba en camino con Mynor mi amigo, mi compañero leal de carreras, con quien competimos en barriga y estatura a la carrera del Ministerio Público, salida en la Municipalidad bajo la lluvia de la madrugada de un domingo, resalto y subrayo. 
Pero he aquí que bajo el aguacero solo estábamos Mynor y yo, mirando, durante veinte minutos cómo los charcos se volvían pozas y las pozas anegaban la alcantarilla y nadie más que nosotros chapoteaba en la calle. 
Si tan solo pudiera yo transmitirles algo de las diez toneladas de frustración que me cayeron encima cuando vi el rótulo de salida doblarse por el aguacero, sin nadie más que mi fiel colega y yo, ni los organizadores, ni los premios, ni la radio deportiva que tenía que entrevistarme con la que hablaría de mí en tercera persona diciendo cosas como "Julio Prado se preparó para esta carrera, está hidratado y listo para ofrecerle un espectáculo digno a la afición. Un saludo a mi mamá que está comiendo donitas Bimbo". 
Pero no, quizá la frustración sea incomesurable. 
Solo se curó porque Mynor y yo fuimos a desayunar huevos, frijoles y tocino a Campero mientras escampaba, para luego irme a dormir, arrullado por la lluvia. 
Sin embargo, queridos amigos, feroces atletas, ociosos que se ríen de mis periplos, a eso de las diez de la mañana tuve un sueño, soñé que conquistaba la cima del Himalaya en un monociclo sin más ayuda que la de mi ángel de la guardia, mi dulce compañía, y decidí, vengar, porque aquello sería una revancha fría y sangrienta, las carreras que no he corrido y me largué con todo y cosas a Reforma y Obelisco a correr en el circuito Monumento al Papa, embajada estadounidense, mira tú qué lugares, Reagan estaría orgulloso, un circuito digamos de corredor republicano, de la liga anti comunista, pues, corrí ahí cerca de catorce kilómetros en una hora y media. 
Lloré casi. 
Casi beso el asfalto que me vio lograr aquella hazaña. 
Tres DC-3 sobrevolaban el aire como ballenas. 
Era el día del Ejército. 
Yo acababa de invadir mi Polonia, de ganarle a las dos Coreas, de vencer a Mao, de invadir Cochinos, de afianzarme en las Termópilas mismas, por Odín que sí, yo corrí lo que nunca he corrido y terminé sin gritar auxilio señor esto que escupí es mi riñón. 
No. Estaba sano, íntegro y listo para seguir corriendo. 
Esto del deporte es una maravilla. 

viernes, 15 de febrero de 2013

¿Me quieres solo por mi cuerpo?

Meses después de comenzar mis arduos entrenamientos para los 21K y habiendo bajado unas libras en lugares estratégicos de mi tropical figura, he tenido que enfrentar problemas hasta entonces inéditos en mi vida. El más importante quizá, es que con esta nueva presentación, por primera vez tengo que preguntarme si la gente me quiere por lo que soy o tan solo por mi cuerpo. 
Y es que he tenido conversaciones puntuales que en los últimos meses han incluido los siguientes hashtags: 
#toritohazmelamor
#Toroerescomuelacero
#Quierociberorinartumuro; y el más preocupante de todos: 
#YabalólacabraYezabel (Me preocupa por su evidente guiño zoofílico). 
El segundo problema se refiere a la serie consecutiva de atletas caídos y/o exitosos. Toda esta gente que sobresalió por hacer un deporte profesionalmente y que a la larga no era feliz. 
¿Realmente te hace mejor persona el ejercicio?
¿Terminaré siendo gobernador de California?
Eso. Creo que al final mi principal temor es que después de correr tres maratones, termine volviéndome republicano. 
Zeus me libre. Mientras tanto, les dejo los hashtags para que los usen a discresión y  me preparo para los 10k de la Ciudad. Estaré informando. Disfruten su comida.  

jueves, 20 de diciembre de 2012

La navidad me pone cerdiloco



Ahora que todos florecemos en el esplendor del aguinaldo, celebrando en un bacanal sin fin, a uno no le queda más que sumergirse en la corriente esperando que no lo tropiece demasiado contra las rocas. Pero no hay demasiada suerte. 
Diciembre es un campo minado para un atleta diletante. Todo ese esfuerzo, esa libra de menos, esa bocanada de aire que ahora se administra mejor, se van perdiendo entre cervezas, asados, tamales y chocolatitos en forma de enanos y casitas que se desmoronan en la boca. Qué alegre. 
Adiós a los logros. Hasta corría por las calles, cruzando el barranco del condominio, fingiéndome un Rocky Balboa en el ascenso en la pronunciada cuesta, mientras el sol inundaba mi cara redonda, aún cachetona,  pero salvaje, atlética y bastante varonil, mientras el sol me estallaba en la cara.
Qué va, ahora a empezar un tanto de cero. Y cómo no, si todos parecen haber sido infectados por ese virus que les obliga a juntarse para acabar con la comida y las cerveza del mundo, mientras uno es arrastrado por el compromiso social. 
En fin. Uno de esos pocos días en los que me he acercado al gimnasio me abordó ese tipo amable que me habla de su mujer, sus hijos y  de su amante cuando deja a los hijos, para decirme que el ejercicio es como un monstruo que nunca está satisfecho. Si ahora haces diez lagartijas, mañana el cuerpo te pedirá veinte, treinta, cincuenta, cien, dijo, y así nunca será suficiente. 
No tengo ninguna intención de alimentar ese monstruo. Quizá sólo le garantice ciertas y discretas alegrías. Lo que sí debo reconocer es que me hace falta la explosión de adrenalina de dos horas de ejercicio. Me hace falta sentir que soy parte del ejército de Leónidas, hombres violentos en taparrabos, que decididos no permitirán que los invada la grasa.
Qué va. Por ahora la vida va de reunión en reunión, esperando a llegar a casa y dormir una o dos horas cuando hay suerte.
El otro día en un arrebato desesperado y bastante compulsivo fui al supermercado por Omega 3 y regresé con un bote enorme de Nutella. No había reparado en ello, hasta el día siguiente, cuando amanecí y lo encontré en la cocina. Es como si otro yo, malévolo, lo hubiera llevado a casa. No me quejo demasiado, pues también amaneció una botella de buen vino y media bola de queso holandés que me hace suspirar.
Lo que sí me preocupa es haberme sorprendido una noche, mientras dejaba caer una cucharada de nutella sobre el plato de cereal. Es el signo inequívoco de mi decadencia. Que Odín me ayude.
Ahora que me pongo metafísico es hora de recapitular. Enero viene a la vuelta de la semana y me alegra. Es como un umbral mágico, el cual atravesándolo, permite que instantáneamente seamos una versión mejorada de nosotros.
Esta vez no quiero que pase eso: yo no quiero ser otro, quiero ser yo, antes de diciembre, y salvar de una buena vez esta mina de azúcar, alcohol y ositos de goma. ¿Por favor?

jueves, 27 de septiembre de 2012

Anoche soñé con un pastelillo. Poema épico sobre la paradoja.

Anoche soñé con un pastelillo
era grande y olía rico
quizá también era suavecito
me decía:
¡No corras! ¡No corras!
¡No hagas ejercicio!

Yo lo escuchaba
su voz era como dulce mermelada
untada sobre un pan tostado con mantequilla

Corría alejándome de él
aquí la paradoja
el pastelillo quería que no hiciera ejercicio
pero yo corría para huir de él
el pastelillo quería que lo comiera
y yo quería darle una mordida
pero no podía

El pastelillo me perseguía
pero Jack Lalanne
apareció en la mitad del sueño
era un rayo
un trueno
un huracán musculoso como el de la botella de jabón



Me ofreció un licuado
que hizo en su máquina de jugos
me dijo muchacho resiste
o te volverás un puerquito
a la gente no le gusta los puerquitos
sólo les gusta el tocino
¿Acaso quieres ser el tocino de mis huevos?

Jack Lalanne era un pesado, un alburero
pero el licuado estaba bueno
sabía a frutas
y las frutas son buenas
pero no los pastelillos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sinatra y las señoras fodongas.


Estoy en la balanza del gimnasio esperando a que nadie vea el gesto de alegría que tengo. Bajé cuatro libras en tres semanas. O sea, casi el peso de un recién nacido. Casi.
Más que poder amarrarme los zapatos con menos dificultad que antes, lo que más me gusta de sudar como luchador de sumo en sauna, es la lucidez que provoca. 
Justo cuando llevo circa una hora y diez minutos de ejercicio puro y duro, algo sucede: la claridad sobreviene y no se va. Estoy oxigenado, alerta, no eufórico, en calma. 
En esa claridad he podido avizorar cosas en mi vida que entregaré al despojo. Mucha cáscara y poca fruta. Queremos más fruta. Eso. Morder y que sea jugosa. 
La cosa en el gimnasio no es todo gente endorfínica, les diré. He encontrado que hay al menos cuatro grupos principales de colegas, a saber: 
a. Las señoras fodongas. Comienzo con ellas porque son capaces de despertar mi ira a las 5.05am, lo cual es un logro. Ahí están con sus trajes ajustados hablándoles como reinas al hombre de la limpieza. Le gritan abusivamente. No hacen ejercicio, simulan hacerlo. Hay una en especial, baja, gorda, como todos nosotros, que baila en la bicicleta meneando ese inmenso trasero en tights negros y su cara de chismosa y rissoto a la crema. 
b. Los treintones amigos de las señoras fodongas.  Mamones. Gustan del chistorete. 
c. Las señoritas gimnasio de colonia. Zeus las bendiga, no llegan a hacer casi nada salvo desconcentrarnos, pobres homínidos que somos.
d. Mi grupo. O sea yo, sólo. Que sufro en silencio alejado del mainstream atlético, dicen los muchachos. 
Nunca he sido bueno para encajar. Lo bueno es que ya no me esfuerzo nada por hacerlo. El asunto es que me siento bien. 
No lo puedo creer. Quién diría que el ejemplo de ocio y desidia que era, terminaría diciendo que el ejercicio le está sentando bien. Pero ¿qué sería de mí sin esa capacidad de mutar y cambiar de vida como si viviera muchas en una?
Ay caray, you make me feel so young, dijo Sinatra.